Resistencias
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
80 x 105 cm
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
80 x 105 cm
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
120 x 100 cm
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
105 x 80 cm
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
105 x 80 cm
Sin título
Técnica mixta sobre cartón.
120 x 90 cm
Tolerar, soportar, subsistir, continuar sirviendo
– Por Alfredo Torres
Todas las palabras que suman en el largo titulo de este breve texto prologal, son acepciones del verbo resistir, del cual deriva la palabra que nombra esta vigorosa muestra de cámara. Muestra que devuelve a un estimable artista, Diego Lev, al ámbito exhibidor. Este es, entonces, el primer rasgo remarcable. Las imágenes de un creador que continúan sirviendo, según la última acepción, al deleite contemplativo de los posibles espectadores. Las primeras acepciones, tolerar, soportar, tienen que ver con una muy especifica forma de resistencia, la que se vincula al proceso de la realización, a los modos elegidos por el artista para encausar la obra hasta provocar las imágenes resultantes.
Como pocas veces, dicha imagen funda un vínculo estrechísimo, casi simbiótico, con el proceso que la va gestando. El soporte protagónico elegido por Diego Lev son cartones. En general, puros, sin superficies adheridas que les confieran un grado de mayor firmeza, como hacía en etapas previas, como aun mantiene en un par de piezas. De manera muy libre, esencialmente gestual, tajea esos cartones. El tajeado crea ritmos compositivos dinámicos, vibrantes, ritmos que se van desgranando por el área pictórico. A pesar de todo, a pesar de manipulaciones e intervenciones, sigue siendo un trabajo pictórico. Como prueba, esta la relevancia de los juegos cromáticos, la emergencia de alusivos pequeños cuadriláteros que encienden ese trabajo. Tajea, pinta, vuelve a tajear, vuelve a pintar, reiteradas veces. Finalmente, lija, dejando que aparezcan capas de pinturas subyacentes, grietas débiles, apenas visibles, o poderosas, fuertes hendiduras, casi como surcos arados con una premeditada inclemencia. Desafiando, se reitera, su capacidad de tolerar de soportar. En el proceso, el artista decide que el azar, el hallazgo casual, inesperado, vayan haciendo su aporte. No intenta gobernarlos, los deja participar casi como el guión esencial del transcurso creativo. Parten de su mano, pero les concede una considerable libertad. Capaz de conducir la voluntad de la mano creadora con independencia de decisiones racionales. La intuición gobernando a la determinación. Resulta evidente, al contemplar cada una de las obras, que esa libertad no es desbocada, caótica. Es una libertad que crece sobre las certezas que se van descubriendo, que se afirma sobre logros parciales. Libertad que sabe incidir, espero se comprenda la insistencia, respetando la tolerancia del cartón, su capacidad de soportar.
Al mismo tiempo, Diego Lev apuesta a un cierto y muy especial modo de subsistir. Por lo menos apuesta a la persistencia de un relato visual, de una semántica visual. Parece ser el mismo de series anteriores, pero no lo es. De alguna manera esas creaciones precedentes tenían un clima mesurado, de una cautela, de una juiciosa contención, aun en la prudente catástrofe de pequeños trozos desprendidos de la obra, yaciendo en la parte inferior, aun en el piso. Estas imágenes tienen rasgos comunes logrando ser, sin paradojas, diferentes. Hay un subsistir formal, una común continuidad de serviciales estrategias hacedoras. Pero el clima, la densidad de atmósferas, es esencialmente otra. Incluso en dos obras que sirven como una especie de testimonios conectivos. Una de ellas, entonada en grises acelestados, de una melancólica, poética, melodiosa levedad, Otra sutilmente iluminada en su bruñida textura amarronada. Los otros trabajos permiten establecer variaciones considerables, esencialmente, gracias a la orfebrería que va revelando el lijado. Relevamientos de muros añosos, visiones aéreas de ciudades hechas para confundir habitantes, barrocas geometrías de una realidad mítica, reticuladas orografías. En una de las obras más notables, por lo menos en la muy subjetiva preferencia de quien escribe, una forma con evocaciones de península se pierde en un fondo de un ocre casi siena. El equilibrio entre el área compositiva enérgicamente tallada y el plano apacible que la sustenta, logra un equilibrio asombroso, casi un prodigio. Precario y a la vez preciso, confiable. Sin diseño cómodo, apostando a la refinada exuberancia de una vigorosa fragilidad.